21 de agosto de 2011

¿Restaurantes o guarderías? (La Vanguardia)



UN RESTAURANTE ha tenido el atrevimiento de no permitir más la entrada de niños menores de seis años. Es un restaurante de Monroeville, un suburbio de Pittsburg, la ciudad que vio nacer a la admirable Gertrude Stein. Se llama McDain’s y, hace un mes, su propietario, Mike Vuik, envió a sus clientes un e-mail que decía: “A partir del 16 de julio del 2011, el restaurante McDain’s ya no admitirá niños menores de seis años. Creemos que el McDain’s no es sitio para niños pequeños. No se puede controlar su volumen de sonido y muchísimas veces han molestado a nuestros clientes”.

No sé si es el único caso en el mundo o si hay otros similares. En nuestro país ya hay hoteles que están ganando clientes precisamente por el hecho de no admitir niños, pero no sé si hay restaurantes que hagan lo mismo. El caso es que hace ya unas semanas que han implantado la norma y les va de maravilla. La noticia es suculenta y los medios de comunicación
–locales e internacionales– la han referido con interés. En las entrevistas, Mike Vuik explica que abrió el restaurante hace una década y que, año tras año, ha visto como los modales de los críos iban empeorando poco a poco. La grosería y la falta de educación han llegado a tal punto que ha decidido optar por esa regla: ningún niño menor de seis años en el restaurante, sin ninguna excepción. Dice: “No tengo nada contra los niños, pero no puedes controlar sus gritos. Puede haber otros dueños de restaurantes a los que eso les parezca bien, pero a mí, no”.

Mike Vuik tiene más razón que un santo. Recuerdo épocas en las que, si los niños pequeños hablaban en voz demasiado alta, los padres les advertían de que no lo hiciesen, para no molestar al resto de los comensales. Y, si el niño era un bebé de meses –y por lo tanto no tenía aún edad de saber las normas de comportamiento–, cuando se ponía a llorar uno de los padres se levantaba de la mesa, cogía el cochecito y lo sacaba del bar o restaurante a pasear un rato. Y ahí se estaba, paseando tanto como fuese necesario, y no regresaba hasta que el niño se había vuelto a dormir. Ahora no. Ahora berrean histéricamente y los padres siguen comiendo tan panchos, ajenos a la indignación creciente de los que, en las mesas cercanas, tienen que soportar los lloros de sus críos. Y, cuando dejan de tener meses y pasan a tener dos, tres o cuatro años ¿cuantos padres han visto ustedes últimamente que enseñen modales a sus hijos en la mesa? Una ínfima minoría. Al contrario, muchos padres defienden su mal comportamiento. Dice Mike Vuik: “Actúan como si fuésemos nosotros quienes les estuviésemos molestando a ellos”. De modo que, si los padres no saben educar a sus hijos y no permiten que los camareros les llamen la atención, la solución es no admitirlos.

Desde que tomó esa decisión, el restaurante recibe muchos e-mails de agradecimiento. Sucede lo mismo que con los hoteles que no admiten niños. Si entre nosotros algún restaurante decide adoptar esas mismas normas, por poco bien que cocine seremos muchos los que nos convertiremos en clientes fieles. Ya era hora de que Herodes se metiese a chef.


QUIM MONZÓ

La Vanguardia, 21/8/11


http://www.lavanguardia.com/opinion/articulos/20110819/54202441312/restaurantes-o-guarderias.html

20 de agosto de 2011

Absurdos primates


¡Qué moderno es el sexo! ¡Qué diferente a todo lo que se ha visto hasta ahora! ¡Qué diferente de nuestras raíces como especie!

Los cuerpos desnudos de las mujeres se exhiben en las discotecas más caras del mundo como un "producto" (literalmente) de lujo, como si fuera algo sólo apto para los más ricos. Muestran sus falsos encantos muñecas que cobran miles de euros al día por practicar la profesión más antigua del mundo.

¿No es irónico que ese exclusivo mundo de desmadre, sexo, alcohol y drogas use como truco final lo más obvio e inherente al ser humano? ¿Cómo puede ser "lo más", "lo último", "lo más VIP", lo más natural del ser humano, es decir, la desnudez?

Todo ello demuestra en el estúpido círculo que rodea al hombre. La falta de ideas, la falta de valores, la hipocresía, la superficialidad, la estupidez humana.

En el mundo donde lo soez nos rodea a diario, una rudeza que adulamos y bautizamos como sinceridad, unas faltas de respeto que no se deberían tolerar ni por un segundo, unos extremos impensables hace unos años, nos remitimos a la desnudez como lo prohibido.

¿Sin darnos cuenta? seguimos estancados en siglos atrás desde el punto de vista social. ¿Y nosotros nos creemos modernos e innovadores, absurdos primates?


22 de julio de 2011

En el buen sentido de la palabra


Y otra vuelta de tuerca. De nuevo todo parece de color de rosa -¡Di con ello! ¡No estoy loca!- Me digo. Hice lo que desde un principio sabía que quería. Mi razón me advirtió pero me dejé llevar por el corazón. ¿Cómo desaprovechar una oportunidad así? Renuncié a una de las pocas cosas que tenía claras...Y me alegro. Pero ya era hora de volver a mi germen, a predicar esa libertad que tanto he añorado, esa sensación tan pura que me hace sentirme yo, sin arrepentirme de quien soy, lo que hago o lo que digo. Y grito al cielo ¡Soy yo! ¡He vuelto! Te diré cuándo...


Cuando todo parece perfecto para todos ... menos para ti.
Cuando la estabilidad no implica un futuro certero.
Cuando la felicidad no depende más que de ti misma.
Cuando te ríes de tus propias palabras al releerlas.
Cuando eres la protagonista de una película sin guión.
Cuando recuerdas tus lagrimas y sonríes.
Cuando te preguntas qué me pasa, si no te pasa nada.
Cuando te miras al espejo y no sientes nada.
Cuando ríes a carcajadas sin avergonzarte del eco de tu risa.
Cuando miras a tu futuro y sonríes al no saber qué vendrá después. Qué pasará mañana. Quién vendrá. Donde iré. Cuando será. Y por qué.

Sólo en esos momentos te sientes viva, feliz, completa... sola.
Sola, en el buen sentido de la palabra.

3 de julio de 2011

Síndrome post-erasmus




No soy partidaria de acuñar términos que contengan la expresión "depresión" o "síndrome" sin ton ni son cuando no son necesarios. Este "post-erasmus" del que hablo en esta entrada pensaba que era otro de esos inventos que sacan en las noticias cuando no han muerto suficientes mujeres a manos de sus "amados" como para rellenar el espacio del telediario.


Pero... no. Existe, y doy fe de ello porque me está pasando.

¿Qué ocurre cuando después de toda una vida esperando a estar en el extranjero meses y meses con el consentimiento de todo tu entorno, sin pega alguna... regresas? ¿Qué le ocurre a tu mente? Todo a tu alrededor sigue igual y tú has cambiado, y eso te hace sentir fuera de lugar y darte cuenta de que nada volverá a ser como antes. Y te preguntas hasta cuándo, y si alguna vez volverás a sentirte plena en el ambiente que antes te llenaba y ahora te estorba.

¿Depresiones que podrías clasificar dentro de lo que solo le ocurre a la clase social con recursos suficientes para permitirse esta experiencia? Quizá, pero no por ello deja de existir, y no por ello pienso que haya darle menos importancia.

Y no, no se trata de una resaca de semanas después de emborracharse, como parece ser la norma cuando se es erasmus: en los últimos cuatro meses me he tomado dos cervezas, no he echado canitas al aire. Y aquí estoy, muerta de asco.



Algunos enlaces interesantes:







22 de marzo de 2011

Estar sola... a solas



Cuando llegas a un país nuevo sabiendo que vas a vivir en el durante cierto tiempo, los primeros días te invade un sentimiento sobrecogedor, unas lagrimas de emoción sobre todo lo que te queda por vivir por las calles por las que ahora paseas ignorante, en los rincones que aún no has descubierto. Lo llaman expectativas, creo. Y dicen que cuando son altas, lo pasas peor por si luego no se cumplen.

Cuando llegue aquí, estaba convencida de no tener expectativas, y repetía constantemente para mis adentros que no podría decepcionarme ya que no tenía nada en mente. Lo que no sabía es que existen otro tipo de expectativas menos superficiales, de las que uno no es consciente.

Pronto descubrí que prácticamente cada día que pasaba era una decepción interna, ya que no conseguía disfrutar tanto como yo pensaba que uno disfruta simplemente por el hecho de vivir en el extranjero. Pasaban los días e incluso las semanas y me daba cuenta de que no dejaba de comparar todo lo que vivía con mi tierra, y con los intensísimos cuatro meses previos. Pronto comprendí que no tenía sentido esa comparación, pero era inevitable establecerla, ya que no era mi mente sino mi corazón la que se encargaba de ello. Sin querer, comparaba a las personas que iba conociendo y, desgraciadamente, mis apreciaciones sobre ellos siempre salían mal paradas.

Y entre lagrimas o risas (siempre en soledad), no dejo ni por un momento de imaginar con nostalgia las escenas más cotidianas de mi vida diaria en España. Me doy cuenta de que estoy sola, y que la familia, los amigos y mi tierra en general son más necesarias para mi felicidad de lo que yo pensaba.

Siempre había soñado con viajar, viajar y viajar, y me estoy empezando a dar cuenta de que ese sueño está incompleto si te faltan tus principales apoyos. Al estar sola, en todos los sentidos en los que una persona puede estar sola, te das cuenta de que eres tú la que se da razones para llorar, y eres tú la única que puede enjugar el llanto. No hay nadie ahí que te vea y se preocupe por ti, solamente queda la opción virtual de contar tus problemas y esperar una respuesta que nunca llega.

Lo virtual, qué frivolidad pero qué luz más brillante cuando estás en un túnel. Lo que para mi es rutina cuando estoy en mi casa, en España, ahora se convierte en una especie de salvación, la única puerta que me conecta directamente con la realidad que allí he dejado. Y conformarte con frases que implican el deseo de verte, cerrar los ojos y en menos de un segundo ponerse a llorar, sin que la otra persona lo sepa. Y contar lo que te ocurre cada día desde tu perspectiva, sin la posibilidad de que alguien te diga “no es así”, un solo punto de vista que a menudo se queda cojo.

Echo de menos lo que antes echaba de más. Mi rutina, que no era monótona.

Me estoy enfrenando a lo que tanto había deseado, pero también temido: estar sola, a solas.

Aquí y ahora, yo soy mi madre, mi amiga y mi amante.