22 de marzo de 2011

Estar sola... a solas



Cuando llegas a un país nuevo sabiendo que vas a vivir en el durante cierto tiempo, los primeros días te invade un sentimiento sobrecogedor, unas lagrimas de emoción sobre todo lo que te queda por vivir por las calles por las que ahora paseas ignorante, en los rincones que aún no has descubierto. Lo llaman expectativas, creo. Y dicen que cuando son altas, lo pasas peor por si luego no se cumplen.

Cuando llegue aquí, estaba convencida de no tener expectativas, y repetía constantemente para mis adentros que no podría decepcionarme ya que no tenía nada en mente. Lo que no sabía es que existen otro tipo de expectativas menos superficiales, de las que uno no es consciente.

Pronto descubrí que prácticamente cada día que pasaba era una decepción interna, ya que no conseguía disfrutar tanto como yo pensaba que uno disfruta simplemente por el hecho de vivir en el extranjero. Pasaban los días e incluso las semanas y me daba cuenta de que no dejaba de comparar todo lo que vivía con mi tierra, y con los intensísimos cuatro meses previos. Pronto comprendí que no tenía sentido esa comparación, pero era inevitable establecerla, ya que no era mi mente sino mi corazón la que se encargaba de ello. Sin querer, comparaba a las personas que iba conociendo y, desgraciadamente, mis apreciaciones sobre ellos siempre salían mal paradas.

Y entre lagrimas o risas (siempre en soledad), no dejo ni por un momento de imaginar con nostalgia las escenas más cotidianas de mi vida diaria en España. Me doy cuenta de que estoy sola, y que la familia, los amigos y mi tierra en general son más necesarias para mi felicidad de lo que yo pensaba.

Siempre había soñado con viajar, viajar y viajar, y me estoy empezando a dar cuenta de que ese sueño está incompleto si te faltan tus principales apoyos. Al estar sola, en todos los sentidos en los que una persona puede estar sola, te das cuenta de que eres tú la que se da razones para llorar, y eres tú la única que puede enjugar el llanto. No hay nadie ahí que te vea y se preocupe por ti, solamente queda la opción virtual de contar tus problemas y esperar una respuesta que nunca llega.

Lo virtual, qué frivolidad pero qué luz más brillante cuando estás en un túnel. Lo que para mi es rutina cuando estoy en mi casa, en España, ahora se convierte en una especie de salvación, la única puerta que me conecta directamente con la realidad que allí he dejado. Y conformarte con frases que implican el deseo de verte, cerrar los ojos y en menos de un segundo ponerse a llorar, sin que la otra persona lo sepa. Y contar lo que te ocurre cada día desde tu perspectiva, sin la posibilidad de que alguien te diga “no es así”, un solo punto de vista que a menudo se queda cojo.

Echo de menos lo que antes echaba de más. Mi rutina, que no era monótona.

Me estoy enfrenando a lo que tanto había deseado, pero también temido: estar sola, a solas.

Aquí y ahora, yo soy mi madre, mi amiga y mi amante.

1 comentario: